Chocolate ecológico, una delicia para los paladares más exigentes

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Chocolates blancos

1. Chocolate blanco con fresas de Tierra Dulce de Moraleja del Vino (Zamora). Este chocolate está elaborado con la manteca de la variedad criolla. El chocolate catado es de color crema con motitas granates de las fresas deshidratadas, con brillo. Sonoro, se parte también algo mal ya que no lleva cuadraditos sino un bonito dibujo de hojas y maracas grabados en la tableta que hacen que las porciones sean difíciles de igualar. Aroma intenso a manteca, lácteo, notas fruta ácida. En boca se deshace muy bien, deja la lengua suave, se rehidratan las fresas y entonces se potencia el sabor cítrico de la fresa que inunda el paladar envuelto en la manteca de cacao. Sin duda una armoniosa sinfonía que cautivará a los muy golosos, como nosotras…
La tableta de 95 gramos, que está envuelta en plástico con una banda de papel verjurado con bonito dibujo lleva el sello del CAECyL (Consejo de Agricultura Ecológica de Castilla y León ), el de agricultura ecológica de la UE y el de Tierra de Sabor de Castilla y León, la podemos encontrar en la web de la marca chocolateecologico.com por 3,35 €.

2. Turrón de Chocolate Blanco con almendras de Biosuit. De color crema, mate, se ven perfectamente las almendras enteras, cosa que nos encanta. Como todos los turrones duros se parte mal con la mano siendo o trozos muy grandes o muy pequeños. Aromas a manteca, leche condensada y frutos secos, algo de vainilla. En boca es muy dulce, untuoso, se nota la almendra tostada a vainilla. Una combinación que nos ha conquistado.
Esta tableta de 200 gramos envuelta en una funda de plástico y luego en una caja con ventana y motivos navideños lleva el sello de CAECV y el de agricultura ecológica de la UE la encontramos en la web de la distribuidora Dispronat.com

Y hasta aquí nuestra pequeña cata de chocolates ecológicos. No sólo ha sido un placer catarlos, sino que es maravilloso conocer los proyectos que hay detrás de estos productos y la diferencia que éstos marcan, no sólo en nuestra salud, sino en la vida de los pequeños productores locales, ya que suponen una clara apuesta por un mundo mejor, más justo, más solidario, con menos tóxicos. Y además son (y están) deliciosos. 

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