Desodorantes tóxicos, o como oler bien nos está matando

Hoy en Orgànics Magazine empezamos un especial sobre desodorantes tóxicos en el que te vamos a explicar por qué deberías dejar de usar tu desodorante tradicional ahora mismo. No mañana. No cuando se te acabe. Cuando termines de leer este artículo sólo querrás ir al baño, mirar el INCI y tirarlo a la basura (o, al menos eso esperamos).

Si con todo este tiempo que llevamos leyendo y estudiando sobre tóxicos nos preguntan un sólo producto que pueda marcar la diferencia en la salud de una persona no dudaríamos en afirmar que este sería el desodorante.

Como os hemos explicado muchas veces, el peligro de los tóxicos no es sólo que se encuentren en todas partes (ropa, comida, productos de limpieza, aire, agua, cosméticos…), sino las sinergias que entre ellos establecen y que se mezclan con factores personales abarcando un abanico tan amplio como heterogéneo: genética, sedentarismo, tipo de alimentación, estrés, lugar en el que se vive (campo o ciudad, Norte o Sur) y un largo etcétera, que hace casi imposible establecer un claro patrón de actuación de los ingredientes tóxicos que solo son prohibidos cuando se demuestra una relación causa efecto directa, dando al traste con el principio de precaución de la Unión Europea.

Hasta ahora la comunidad científica ha estado muy dividida sobre determinados tóxicos porque a cada persona le afectan de una manera diferente según los factores que hemos expresado arriba. Es más. Podemos tener dos gemelos idénticos que comparten la mayoría de su información genética (cada vez hay más evidencias de que no es el 100%), y que uno desarrolle enfermedades vinculadas con el incremento de tóxicos en nuestra sociedad (cáncer, diabetes -sí, no sólo se debe al sedentarismo y comer dulces-, problemas autoinmunes, enfermedades neurodegenerativas y un largo etcétera) y el otro continúe sano toda su vida.

Todos estos factores han hecho que durante décadas la comunidad científica haya estado dividida para encontrar una causa determinante del alarmante incremento de múltiples enfermedades, como como las que hemos citado arriba y otras muchas que no sólo se explican por el incremento de la esperanza de vida (un argumento muy manido), ya que desde los años 80 ésta no ha variado demasiado en occidente, pero sí la incidencia de muchas enfermedades que, lejos de disminuir gracias a los muchos aportes de la ciencia, continúan creciendo para desconcierto de la comunidad científica.

Por ejemplo, según datos proporcionados por el doctor Nicolás Olea (si no lo conoces por favor, escucha esta conferencia) la incidencia del cáncer se ha incrementado desde 1985 en un 2% anual para los hombres y un 3% anual para las mujeres. Y sólo el cáncer de mama en mujeres crece a un ritmo del 3,2% anual.

De forma que hoy se sabe que uno de cada dos hombres a lo largo de su vida padecerá algún tipo de cáncer y una de cada tres mujeres tendrá que pasar por lo mismo. Ya no es una estadística lejana. Está ahí, si tienes dos hijos varones, por estadística, uno de ellos tendrá cáncer a lo largo de su vida.

Y ni la evolución ni la larga esperanza de vida nos ofrecen teorías plausibles para este brutal incremento del cáncer.

Entonces ¿cuál podría ser el motivo de ese incremento tan palpable? La comunidad científica parece haber llegado a un consenso que resta importancia a la genética, para atribuir gran parte de la misma a los contaminantes, el lugar en el que vivimos y nuestro estilo de vida.

Cuando hablamos de contaminantes, el problema es establecer cuáles son los que más nos afectan y en qué medida, ya que las pruebas que se suelen hacer de tóxicos no contemplan las sinergias entre los diferentes tóxicos y se testan en animales de cadena trófica bastante más pequeña.

Sí, se usan ratitas o cerditos pequeños 🙁

Es decir, para saber la toxicidad de los parabenos sólo se testan parabenos, pero no se combinan con los otros muchos (más de cien) disruptores endocrinos con los que una persona puede estar en contacto en su vida cotidiana: los que se pone sobre la piel, los que ingiere con la comida, con el agua embotellada, con los pesticidas de las frutas y verduras, con los de la ropa de poliéster, la contaminación del aire, los limpiadores del hogar y un sin fin de tóxicos a los que estamos expuestos continuamente.

Y sin ese estudio sinérgico los datos no pueden ser más que una mesa la que, en nuestra humilde opinión, le faltan todas las patas.

Para entender bien el efecto sinérgico de los tóxicos, destacamos el genial trabajo de Andreas Kortenkamp, Elisabete Silva y Nissanka Rajapakse llamado ‘Something from Nothing‘, ‘Algo de la nada‘ En el que se señala el efecto aditivo de ocho disruptores endocrinos en concentraciones bajas. Las curvas de toxicidad que arrojan cuando se estudia las sinergias de estos tóxicos es una llamada de atención más que importante para contemplar la toxicidad desde otro punto de vista.

Resulta totalmente anacrónico en pleno siglo XXI seguir con los criterios de evaluación de tóxicos de hace un siglo. Los conocimientos científicos nos permiten observar los efectos a concentraciones cada vez menores y saber que si cuando se hace la prueba de toxicidad de un ingrediente tóxico solo se contempla el efecto de ese único compuesto dándole vía libre, somos nosotros, los seres humanos, el laboratorio donde se experimenta los efectos sinérgicos de estos ingredientes. 

Porque experimentar con animales durante 50 o 60 años sería carísimo para cualquier laboratorio, así que somos los seres humanos los privilegiados testadores, sin que el incremento de enfermedades les sirva de conclusión para limitarlos o aplicar, de una santa vez, el principio de precaución de la Unión Europea. 

Máxime cuando estos tóxicos no siguen el lema ‘la dosis hace el veneno’. Porque se ha demostrado que los disruptores endocrinos hacen curvas de toxicidad impensables hasta ahora, por eso de todos los tóxicos que conocemos, los más peligrosos son ellos, los disruptores endocrinos. 

Porque con estos pillastres no hay un mínimo seguro, porque con los disruptores endocrinos basta con que se produzca el contacto, con que estén presentes en tu organismo su mensaje se transmite a nuestras células de forma inmediata. 

Muchos de ellos se metabolizan rápido, de hecho solo duran unas horas en nuestro cuerpo, como el Bisfenol-A. Y todos los días, todos los españoles y españolas meamos Bisfenol-A, dicho en palabras de Miquel PortaNicolás Olea quien, por cierto, acaba de sacar un libro de obligada lectura

desodorantes tóxicos

Eso es porque todos los días estamos en contacto con ellos, todos los días entra en nuestro cuerpo un tóxico que le dice a nuestras células que hagan cosas que nuestro cuerpo no ha ordenado que hagan. Son como pequeños falsificadores de hormonas, y lo hacen tan bien que ni nuestro sabio cuerpo es capaz de desenmascararlas, y se pasean, con toda su cara al descubierto, entre nuestras células sin que nuestro sistema inmunológico se de cuenta de lo que está pasando…

Y no solo eso, sino que en cada persona tienen un efecto diferente. Imaginemos un tóxico que imita los estrógenos, la hormona femenina por excelencia. Una hormona que actúa en el cuerpo humano en concentraciones de partes por billón.

Esta hormona está presente en las mujeres y en los hombres en cantidades diferentes y muy exactas. Por ejemplo, en una niña la cantidad es inferior a 20 partes por billón por mililitro de sangre. El aporte de estrógenos por parte de los tóxicos en cosmética, en su ropa o en los alimentos podría elevar esos niveles, dando lugar a pubertad precoz.

Pero ¿Y si en vez de una niña es un niño? ¿Y si es una mujer embarazada de una niña? ¿Y si el feto es macho?

Estos disruptores endocrinos estrogénicos se mezclan con los androgénicos, los tiroideos y elaboran puzzles de enfermedades imposibles de predecir, porque están por todos los lados.

Desde infertilidades a endometriosis, abortos, baja reserva ovárica, bajo coeficiente intelectual, alteraciones del sistema inmunológico, obesidad, diabetes, trastornos de conducta, hipospadias, cáncer de tiroides, testículo, próstata, mama, ovario, parto prematuro, estrés oxidativo e inflamación, disminución de la calidad del semen, embarazos ectópicos, TDHA, autismo, Parkinson, alteraciones conductuales, problemas cardiovasculares…

La lista de enfermedades se amplía cada vez más, ya que cada vez los tóxicos están más presentes en nuestra vida. 

Sin embargo, en este especial sobre desodorantes tóxicos queremos centrarnos es unos que tenemos siempre bien cerquita y del que hay sospechas más que infundadas sobre su relación con los cánceres de mama: el clorhidrato de aluminio y la piedra de alumbre.

Supongo que si eres usuaria de desodorantes ecológicos te acabarás de llevar las manos a la cabeza al leer lo de la piedra de alumbre. Eso mismo hicimos nosotras hace unos meses cuando el doctor Christopher Exley nos confirmó las sospechas que ya teníamos…, y es que la piedra de alumbre es tan aluminio como el temido clorhidrato de aluminio.

Otros ingredientes que no deben estar en tu desodorante son los parabenos, perfume, triclosán y PEG.

Pero de todos ellos te hablamos en breve. Ahora corre y ve a mirar si tu desodorante lleva alguno de estos ingredientes y tíralo a la basura. Dentro de poco os contamos más sobre los desodorantes tóxicos y alternativas bio para tener una piel cuidada y un cuerpo sano como una manzana.

 

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Maria
Maria

He probado varios desodorantes naturales, y ninguno ha funcionado, lo he mantenido durante largos periodos aún sabiendo que podía oler mi sudor pues leí que elcuerpo necesita tiempo para acostumbrarse, tras varios meses he desistido. Pero vuelvo a leer sobre el tema y quiero conseguir lo, algún consejo? Tengo un sudor muy fuerte, y me da vergüenza cuando uso el desodorante natural porque en poco tiempo se que huelo, y no es sensación mía pues algún familiar me lo ha confirmado. Necesito ayuda 😅

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